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Comentario para presentar el libro La pandemia de los sueños. Un archivo onírico del Covid-19. (2024)

Juan Pablo Hetzer
Hospital Dr. Emilio Mira y López. Santa Fe. / UNR

Este texto acompañó la presentación del libro La pandemia de los sueños. Un archivo onírico del Covid-19 (Rosario: CEPE, 2024) en el marco del IX Congreso de Psicología de la Universidad Nacional de Tucumán que tuvo lugar en el mes de octubre de 2025.

Uno de los protagonistas de una novela de Han Kang (2025), la escritora que recibió el Nobel de literatura el año pasado, es un profesor surcoreano que emigró con su familia cuando tenía 15 años y pasó la mitad de su vida en Alemania hasta que decidió regresar a su país natal, donde dicta clases de griego antiguo. Desde adolescente padece un problema en la vista de carácter irreversible que poco a poco va a dejarlo ciego. Él es plenamente consciente de que llegará el día en que la ceguera sea total. Este profesor es un gran lector de Borges, y en el comienzo de la novela recuerda que éste le pidió a María Kodama que grabara en su lápida una frase de un antiguo poema épico nórdico: “Él tomó su espada, y colocó el metal desnudo entre los dos”. El filo acerado no puede ser otra cosa que la ceguera que aquejó a Borges en sus últimos años y lo aisló del mundo, esto es lo que piensa el profesor. En el transcurso de la novela su vista va empeorando y, en un pasaje conmovedor, él dice que al único lugar al que podrá huir para poder ver es al mundo de los sueños. La novela está cargada de sueños muy nítidos, muy visuales, y él sabe que más temprano que tarde solamente podrá ver en sueños porque su vigilia será un mundo apagado. Cuando despierte el mundo se apagará, dice.

Traer esta imagen me pareció una forma de introducir el asunto porque la ceguera representa de alguna manera el modo más dramático del aislamiento. Y esta palabra, aislamiento, durante la pandemia se resignificó: la vida humana giró en torno al aislamiento, de esto parecía depender la posibilidad misma de la vida de la especie.

El aislamiento en pandemia comparte algo con la ceguera si admitimos que podrían estar unidas por lo mismo que tienen en común las instituciones o las construcciones totalitarias: un forzamiento caracterizado por una “tendencia absorbente” (Goffman, 2009) del tiempo y el interés de las personas, que obstaculiza su interacción. De este modo y en estas condiciones, el escenario del sueño puede ejercer para el sujeto una fuerza opuesta de atracción que moviliza al éxodo, como si se quisiera dejar atrás una tierra arrasada o un mundo sombrío.

Las experiencias oníricas durante el aislamiento en pandemia tienen, entre muchas otras marcas, la de la tensión entre el forzamiento y la emancipación, entre el sujetamiento y la protesta. El libro La pandemia de los sueños hace archivo de esas experiencias oníricas puestas en relato, lo que vale como prueba de que el deseo de narrar no ha desaparecido completamente. Contra algunas lecturas, muy atendibles, que darían por extinta la facultad de hacer y narrar experiencias en el sujeto contemporáneo, este libro podría configurar un indicador de su supervivencia.

El archivo onírico descubre algo más: revela un espacio de imágenes que no restringe a la contemplación. Del mismo modo que una infancia de la mirada (Benjamin, 2021) sobre las cosas puede oficiar como una respuesta al derrumbe y la desaparición de un mundo, lo onírico de la mirada puede producir un saber sobre el descalabro de la experiencia compartida que amplia los marcos de referencia para pensar y orientarse cada vez que el mundo está en vías de tornarse extraño y hostil, o cuando efectivamente ya lo hizo. Beradt (2019) señaló esto a principios del siglo veinte durante el ascenso del nazismo, y La pandemia de los sueños (2024) hace lo propio durante los primeros meses de confinamiento en el 2020.

Me han impresionado muchos sueños, de los más de 250 reunidos en el libro. Pero quisiera volver sobre uno que me parece que describe lo que decía antes sobre el efecto totalizante del aislamiento que podría compararse con la institución total. Es el sueño de una abogada de 38 años soñado entre abril y mayo de 2020:

        Día 74: soñé que ya regresábamos a trabajar y estaba en mi oficina sentadita en una         reunión y preguntaba la hora y una de las chicas me decía: “Las 10hs, Doc”. Y yo:         ¿¡Las 10!? ¡Tenía que lavar la ropa! Y giraba mi sillita y ahí estaban…mi lavadora y         mi secadora.

El sueño advierte sobre el riesgo de que el espacio del hogar asuma rasgos totalitarios, es decir, que se fracturen las barreras que de ordinario separan actividades y ámbitos de la vida: dormir, trabajar, jugar son actividades que antes del aislamiento se realizaban en lugares diferentes. En las instituciones totales se realizan en el mismo espacio y junto a las mismas personas. El sueño señala algo que se instaló con fuerza a nivel global y no se revirtió. Tal como algunos sueños recopilados por Beradt produjeron indicadores que admitían leerse como un anticipo sobre la catástrofe histórica de los campos de exterminio nazi, este sueño visualiza tempranamente un fenómeno que después de media década se configuró como dispositivo con componentes totalitarios aceptado en la mayoría de los casos sin resistencias.

El libro La pandemia de los sueños reúne producciones cuyo valor pasa, en un aspecto, por constituir un punto de partida aparentemente marginal y heterotópico (vedado a la lucidez vigil del yo cognoscente) desde el cual estudiar las mutaciones de algunos vectores imaginarios de procesos políticos y sociales. Y, en otro aspecto, este archivo onírico vale como una manera de poner en tensión los modos canónicos de concebir la memoria y de entender los sueños como un juego excitante de huellas mnémicas que configura señuelos de lo olvidado. Es decir, a la vez que la estofa de estos sueños está hecha de jirones de lo vivido, también lo está de lo no vivido aún. O, mejor, dicho, de destellos de aquello que va a vivirse de forma inminente, que se impone como pensamiento (sin pensador) en virtud de su carácter siniestro, familiar y extraño al mismo tiempo, o de su carácter novedosamente catastrófico. Lo vislumbrado no es cualquier cosa. Lo onírico de la mirada, para este libro, al igual que para El Tercer Reich de los sueños, se enfoca en una muerte (corporal o subjetiva) anunciada. O en formas parciales de estas muertes, impuestas en contra del sujeto, o consentidas (en los términos que esta palabra asume en el ámbito jurídico para un acto administrativo cuya validez se presume porque no fue recurrido en los plazos legales).

La lectura de La pandemia de los sueños me trajo otra imagen, ya no de la novela escrita por Han Kang, sino de un libro tan maravilloso como conmovedor escrito por Fabiana Rousseaux, titulado Sueños y Testimonios. Inconsciente y discurso jurídico (2024). La imagen con la que asocié es la imagen del sueño como prueba en los juicios de crímenes de lesa humanidad en nuestro país. El libro de Rousseaux pone a trabajar (no a interpretar) tres sueños de tres personas distintas cuya particularidad es la de haber ingresado en los tribunales como testimonios que prueban la actualidad traumática de los daños causados por el terrorismo de Estado, y sus dispositivos concentracionarios, a nivel social y a nivel de cada una de las soñantes. Uno de los sueños es el de Ángela Urondo, hija de Paco Urondo, secuestrado y desaparecido. Se trata de una pesadilla que tenía a repetición en su infancia y adolescencia, antes de conocer su verdadera identidad, en el que aparecen huellas visuales y sonoras de lo vivido, cuando tenía un año de vida, junto a su madre detenida en un centro clandestino. Pudo “reconocer” esas huellas oníricas en el contexto de los juzgamientos cuando le permitieron recorrer el interior de ese centro de detención. Aquí, el sueño permite reconstruir una historia traumática de secuestro y muertes partiendo de fragmentos que insisten. Algunos sueños de La pandemia de los sueños permiten avizorar una historia traumática posible, asociada también al secuestro y la desaparición. Por ejemplo, un sueño de una joven de 18 años soñado las primeras noches de abril de 2020, en el cual un profesional de la salud la secuestraba y secuestraba a otras personas de su familia. U otro sueño soñado días antes de la declaración del aislamiento en el que la soñante estaba con una amiga secuestrada y embarazada, a quien obligaban a parir allí, y que después desaparecía. Tanto en el sueño de Ángela Urondo como en el de estas dos jóvenes, el valor libidinal pasa por la cercanía de la desaparición y muerte (corporal o subjetiva, propia o de otros significativos) ocurrida o con posibilidades de ocurrir. En ambos casos, dispositivos concentracionarios ofician de referencia. En ambos casos, bienvenido el sueño. Porque la magnitud del descalabro psíquico de las catástrofes históricas puede llegar a impedirlo, tal como sucedió en tiempos de la conquista española con los pueblos originarios. Recogiendo material para filmar su documental “Nuestra tierra”, estrenado hace poco en el Festival de Venecia, Lucrecia Martel compartió una nota que un cronista para la corona española escribó en el siglo XVI: “A toda hora encuentro indios insomnes”. Pueblos enteros sin poder dormir ni soñar porque con la colonización estallaron las legalidades y nociones que regían su mundo simbólico, al punto de hacer fracasar la apertura de otra escena. Como si la catástrofe sobrevenida hubiera secuestrado el sueño. Esta imagen desesperante fue escrita por Neil Gaiman (2014) y dibujada por Sam Kieth en el comienzo de la novela gráfica The Sandman, un cómic que apareció a fines de los años ochenta. Queriendo secuestrar a la Muerte, un hechicero que consulta un grimorio perteneciente a la Orden de los antiguos misterios, termina, por error, encerrando en una enorme burbuja de cristal a Oneiros, el señor de los sueños. Y esto desencadena una pandemia de insomnio que destruye psíquicamente a poblaciones de todos los países. La literatura gráfica, en este punto, plantea dos direcciones. Por un lado, opera del mismo modo que los sueños probatorios en los juicios por crímenes de lesa humanidad, es decir: retoma la historia traumática. Y, por otro, de la misma forma que los sueños que integran el archivo beradtiano y pandémico: entrevé el comienzo de otra historia traumática. Tal vez, podría considerarse hoy como insomnio pandémico a la decidida inclinación de la especie humana a reemplazar horas de sueño por contenidos multimedia en servicios de streaming. No se trata del insomnio causado por el descalabro simbólico que produjo la conquista, ni del insomnio forzado por la tortura en campos de concentración o centros clandestinos de detención, sino por una figura renovada y aparentemente inocua del mecanismo esencial de estos dispositivos concentracionarios. Por esto mismo bienvenido el sueño. Bienvenidos los libros que convocan a soñar y archivan sueños, porque estimulan y atesoran los signos de la supervivencia psíquica. Los sueños, al igual que la imaginación literaria, revelan ese lugar del alma humana donde se recrea incesantemente, al menos hasta ahora, la prepotencia de la vida.

                                                                                                                , octubre de 2025.


Referencias.

Benjamin, W. (2021). Infancia berlinesa hacia mil novecientos. Periférica.
Beradt, Ch. (2019). El Tercer Reich de los sueños. LOM.
Gaiman, N. (Guion), & Kieth, S., Dringenberg, M., & Jones III, M. (Dibujo). (2014). The Sandman: Preludios y nocturnos [Cómic]. ECC Ediciones / Vertigo / DC.
Goffman, I. (2009). Internados. Amorrortu.
Kang, H. (2023). La clase de griego. Random House.
Rousseaux, F. (2024). Sueños y Testimonios. Inconsciente y discurso jurídico. La Cebra.


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