Mobirise Website Builder

Perfect days
Los sueños, sangre de la existencia
 

¿De qué Shakespeare lunfardo se ha escapado este hombre? H. Ferrer
¿Qué sería una vida que no contuviera en ella la otra vida? A. Dufourmantelle

Decido tomar el nombre original del film: Perfect days y no “Días perfectos” como fue traducida para los cines argentinos ya que, si hemos dejado que miles de cosas de nuestra cotidianeidad, de nuestros objetos y vínculos sean nombrados en lengua inglesa, entonces, ¿por qué traducir el nombre del film? ¿Acaso se trata de una operación comercial que moraliza el uso de la lengua? No lo sabemos, pero lo cierto es que la traducción lastima la poesía del film y, al hacerlo, señala el extravío en el que las razones del mercado nos envuelven: transformar la textura metafórica del “perfect” en una perfección donde todo cierra y nada falta. ¿Por qué?


Perfect days, es el guiño al lenguaje musical que hace la película de principio a fin; un homenaje a esas canciones que se aman y con las que se está siempre en deuda. ¿Qué puede hacerse con las deudas de amor? Honrarlas como hace el director al pluralizar lo que Lou Reed dice en singular. El inglés, en este caso, es el nombre que dibuja una puerta de entrada al universo sonoro que da el tono de esos perfect days de Hirayama, el protagonista del film, que fundamentalmente, incluyen sus sueños.


Los sueños, sangre de la existencia


Este film puede leerse como se leen los poemas más entrañables: sin analizarlos, dejando que esa nada poética nos atraviese, que perviva su estela balbuceante. Queremos decir algo de aquello que nos toca en la poesía y reconocemos de inmediato la insuficiencia de las palabras. Aquí va entonces el balbuceo de mi lengua y el intento de transmitir algo de esta poesía en imágenes que es Perfect days.


Hirayama, el personaje central de la película, es un trabajador. Limpia con meticulosidad baños modernos en Tokio, pero esa descripción no haría justicia a lo que aquí quiero resaltar: la dimensión del sueño como obrador.


Entonces, empiezo de otro modo –el balbuceo es así–, Hirayama es un soñador. En tiempos donde el neoliberalismo suele hacer insomnes a los hombres, Hirayama sueña. Y sus sueños son esa otra vida dentro de la vida; la sangre de la existencia que le da espesor, profundidad y riqueza a una vida materialmente austera que, en apariencia, puede resultar poco deseable si sólo se la mira con el cristal de una época que hace del éxito un imperativo medido en moneda de famas efímeras y acumulación financiera; Likes y Cryptos.


Así vemos desfilar por la película varios personajes o escenas que están colonizados por estos mandamientos del libre comercio: una madre apurada y asustada que encuentra a su hijo en el parque gracias a Hirayama y limpia la mano del niño cuando lo ve sujetado por el “limpia baños”; un jovencito que sostiene que sin dinero el amor no es posible y quiere vender los casetes de música del silencioso protagonista como único recurso para abordar una cita con la chica que le gusta, a la que no puede dirigirle ninguna palabra; una sobrina millonaria que se escapa de la opulencia de su casa y se refugia en los libros, fotos y tiempo de su tío, Hirayama, cuya compañía le permite arribar a la adolescente a una pregunta valiosa “¿en qué mundo estoy entonces?”
Cuando la ambición descansa, la moral de los bienes da paso a una textura en la que los objetos dejan su lugar a las palabras que nos habitan. El brillo de las mercancías abandona su tiranía y el deseo asoma enhebrando perlas de tiempo.


Los sueños políticos como obradores


Como no podía ser de otro modo, alguien que mira aquello que cada vez es más invisible a los ojos capitalistas, los sueños de Hirayama tienen un lugar destacado en la película.


Sueña con las hojas de los árboles amigos –esos que insiste en fotografiar con su cámara analógica, revelar en papel e incluso darse el lujo de desechar fotografías donde no encuentra nada que lo mire–; con destellos de los otros que rescató fugazmente del anonimato social, de la vida algoritmizada y sin tiempo de aquel que puede perderse. Con sombras que dejan entrever siluetas, y el movimiento lumínico del agua que corre y desdibuja las consistencias de la vigilia.


Los sueños de Hirayama son la insurgencia onírica al neoliberalismo que intenta encerrarnos en su multiplicación infinita de objetos para que nada nos haga falta; mientras crece la expulsión y el desvelo insomne. Un obrador que recorta y mezcla para dibujar contornos imprecisos; una máquina de metaforizar pellizcos de vidas automatizadas; un entramador de recuerdos deshilachados con hilos de lo amado en silencio; tanto como un bosquejador de sombras de aquello que duele íntimamente en sus días.


Los días son Perfect days cuando hay lugar para la espesura de lo inconcluso, cuando lo imperfecto hace a la cuenta, cuando damos “hospitalidad a esta nueva relación con el mundo que viene dentro del sueño a nuestro encuentro”1  y entonces el tiempo es aquél que se cuenta en arces colorados.


Sus sueños son una resistencia poética a que el capitalismo le arrebate su mundo hecho de música en casetes, cámaras analógicas, libros y lecturas como rituales que profanan la tiranía de las pantallas como único modo de dibujar puertas para ir a dormir, bicicletas, arbolitos y otros seres humanos a los que mira y rescata de la prisa y el anonimato.


Los Hirayama de la vida nos invitan a esa proximidad inquietante de soñar, de dar hospitalidad a esa ajenidad que habita en nosotros mismos.


Valeria González. Marzo de 2024

1 Dufourmantelle, Anne (2020): La inteligencia del sueño. Fantasmas /Apariciones/ Inspiración. Nocturna Editora, Buenos Aires, Argentina, p 19.

 

Inicio

© Sueños Políticos 2024 - Todos los derechos reservados

Design by Millón de teclas