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Afinidades epistemológico-políticas entre William James y Charlotte Beradt: introducción a un abordaje disidente de la experiencia onírica

Ezequiel Ortenzi
Miembro de Centro de Estudios Periferia Epistemológica
Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Rosario


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Nota del equipo editorial
El presente ensayo, titulado Afinidades epistemológico-políticas entre William James y Charlotte Beradt: Un abordaje disidente de la experiencia onírica, tiene por objetivo explicitar las relaciones posibles entre la conceptualización beradtiana acerca de la experiencia onírica y los principios ontológicos que James atribuye a los fenómenos mentales, para así reflexionar acerca de los sueños desde una perspectiva psicológica y política que reconozca sus lazos con lo histórico-social.
Se enmarca en el proyecto de investigación Subjetividad y encierro: archivos oníricos en contextos carcelarios, radicado en el Centro de Estudios Periferia Epistemológica (CEPE-UNR) y en la cátedra Problemas Epistemológicos de la Psicología B (UNR) y corresponde al desarrollo de la Beca de Estímulo a las Vocaciones Científicas otorgada por el Consejo Interuniversitario Nacional.
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Charlotte Beradt define a los sueños como sismógrafos de época que, lejos de representar los conflictos intrapsíquicos de sus soñantes, dan cuenta de las particularidades de un contexto histórico-social que aún no puede denunciarse mediante el discurso de la vigilia. Los sueños en contextos totalitarios recolectados por la propia Beradt en el marco de la consolidación del nazismo alemán se encuentran sostenidos por un espacio público que comienza a resquebrajarse y requiere de la expresión onírica para advertir de aquello que se presencia pero que, por sus posibles consecuencias nefastas, no puede ser narrado.
Esta peculiar perspectiva acerca del fenómeno onírico requiere de una teoría de la mente que, en vez de replegarse hacia los confines endopsíquicos, se abra hacia las resonancias territoriales e institucionales que marcan a un momento histórico y a un grupo social determinados. En este sentido, el empirismo radical de William James arremete tanto contra el positivismo lógico que se desinteresa por los sueños al considerarlos meros epifenómenos, como contra el racionalismo trascendental que concibe la razón por fuera de la experiencia, inaugurando una teoría del conocimiento fuertemente ligada al contexto en el que la vida transcurre y sin universales trans-empíricos que reemplacen el contacto directo con las contingencias de la historia. Desde este posicionamiento, el fenómeno onírico puede explicarse como una experiencia subjetiva fuertemente anclada a sus fundamentos experienciales, sin necesidad de dotarlo de una ontología trascendental y convirtiéndolo, al mismo tiempo, en expresión íntima y reflejo de la historia objetiva.
Una vez definida esta nueva ontología onírica queda por reflexionar acerca de las conexiones posibles entre las producciones oníricas y el criterio de verdad, en razón de otorgarle a los sueños beradtianos el estatuto de fuentes historiográficas por derecho propio. La atribución de verdad a los sueños beradtianos es posible desde la perspectiva pragmática sostenida por William James, pero la situación es diferente con aquellos archivos oníricos en contextos carcelarios construidos por nuestro equipo de investigación, cuya historia aún se encuentra escribiendo en el presente.

Hacia una nueva ontología onírica
Históricamente, los sueños han cautivado el interés de múltiples disciplinas científicas y discursos, como la psicología, la filosofía, la medicina, el arte o la religión. El misticismo que los envuelve ha promovido, cuando no son simplemente relegados al lugar de epifenómenos, la invención de hipótesis y teorías realmente intrincadas que suelen apelar a la participación de habilidades sobrehumanas, divinidades o fuerzas psíquicas profundas, cuando de definir a sus agentes creativos se trata. Qué son los sueños es una pregunta milenaria y la historia ha ensayado diversas respuestas; mensajes de dioses o allegados que ya no están entre nosotrxs, habilidades oraculares-adivinatorias, expresiones de conflictos anímicos reprimidos o producciones cinematográficas resultantes de la actividad nerviosa, entre muchas otras.
Efectivamente, es innegable que el discurso psicoanalítico ha cautivado espectadores, colonizado discusiones y enterrado su bandera de victoria en las tierras del onirismo. La clásica conceptualización freudiana de los sueños como formaciones del inconsciente sexual, infantil y reprimido ya constituye un mito que ordena nuestra cotidianidad y produce sentido común. Pese a ello, algunas experiencias oníricas parecen no encajar en aquella definición, invitándonos a flexibilizar nuestros marcos de inteligibilidad para así contactar con otras dimensiones posibles de aquella misma experiencia.
Es en este último sentido que Charlotte Beradt propone una nueva orientación para nuestras indagaciones oníricas; en determinadas circunstancias es posible que los sueños ya no versen acerca de conflictos psíquicos internos o de una sexualidad infantil sofocada, y replegarlos hacia los confines de una privacidad aislada podría significar la pérdida de un valioso instrumento con el que leer los escenarios sobre los cuales los sueños actúan su función. El sueño como sismógrafo de época, tal como es nominado por Beradt, alude justamente a “una máquina que se orienta hacia el mundo circundante, logrando percibir antes que nuestra conciencia despierta las alteraciones producidas en el espacio de experiencia y el horizonte de expectativa” (Brienza et al., p. 18, 2024).
Nuestro equipo de investigación ha tomado con audacia la inquietud beradtiana y la ha hecho propia. Hemos cultivado un lugar común en el que este tipo de sueños emprenden una sinfonía coral cuya armonía denuncia la vitalidad propia de aquellas situaciones marcadas por la pérdida de la libertad y una grave vulneración de los derechos humanos. Guiadxs por los sueños y sus soñantes hemos construido verdaderos archivos oníricos que narran, con una intimidad mayor a la de cualquier documento autorizado o testimonial, las vicisitudes de los contextos carcelarios que abrieron sus puertas para nosotros; el Centro Especializado de Responsabilidad Penal Juvenil y las Unidades Penitenciarias N. 3, 5 y 11 de la ciudad de Rosario.
Ahora bien, explicitar una articulación entre el mundo onírico y el espacio público exige una teoría de la mente que se encuentre a la altura de sus implicaciones, y es aquí donde el método pragmático de William James nos ha permitido gestar otra clase de preguntas. Preguntas que no sólo se limitan a definir qué son los sueños, sino que también intentan intimar con las consecuencias vitales que éstos acarrean en la vida de sus soñantes. En definitiva, interrogantes acerca de cómo se expresan nuestros sueños, qué intentan decirnos y, fundamentalmente, cómo conducen nuestra experiencia y qué horizontes de posibilidades bosquejan.
En principio, para defender aquella articulación entre el espacio social y la vida anímica es necesario efectuar una operación de contextualización de los procesos psicológicos. Una vez liberados de aquellas teorías que pecando de biologicistas o endopsíquicas construyen muros impenetrables entre lo público y lo privado, otras afinidades epistemológico-políticas en torno al fenómeno onírico podrán explorarse.
Este problema epistemológico ha tenido un lugar destacado en la producción de William James, en sus intentos recurrentes por pensar la experiencia humana y los fenómenos psicológicos en los márgenes del imperio racionalista cuyo dualismo ontológico sostiene la necesidad de una distinción entre mente y materia, entre lo público y lo privado. Su artículo de 1904, titulado ¿Existe la consciencia?, inaugura esta aventura en el marco de la construcción de una teoría del conocimiento de índole pragmática, cuyos efectos epistemológicos resuenan con aquella novedosa teoría del sueño elaborada por Beradt.
Cómo un mismo objeto puede encontrarse, al mismo tiempo, en la realidad y en nuestra mente es el interrogante vertebral que estructura gran parte del artículo mencionado con anterioridad. Una respuesta posible busca su fundamentación en las teorías de la representación que distinguen entre la cosa real y la representación de la cosa, una suerte de “imágen mental” acerca de lo que existe. Pero no hay nada en nuestra experiencia perceptual que nos conduzca a realizar aquella inferencia; en ningún momento tenemos la sensación de estar viendo una imágen de la realidad, más bien experimentamos la realidad en su crudeza. Tampoco cuando soñamos experimentamos una sucesión de imágenes observadas desde una perspectiva externa, más bien nos adentramos en las narrativas fantásticas que la máquina onírica nos provee. En oposición a la tradición racionalista que intenta dividir la experiencia entre aquello conocido y el ego o sujeto cognoscente que observa, diferenciados ontológicamente entre sí, James propone un mundo constituido por un único material; la experiencia pura. Esta experiencia pura no funciona al modo de una categoría universal trascendental y transexperiencial, por lo que más conveniente sería hablar de porciones de experiencia pura, en una suerte de pluralismo materialista que se encarna en todos aquellos objetos y hechos concretos con los que contactamos directamente mediante nuestros sentidos.
De acuerdo a las relaciones que se establecen entre las distintas porciones de experiencia pura se pueden constituir dos grupos de asociados con funciones diversas. Un objeto o porción de la experiencia pura, por ejemplo el libro que se encuentra frente a mí, puede adherirse a otros objetos que lo acompañan en el espacio o a los acontecimientos de su devenir, que no son más que otras porciones de la experiencia pura, y constituir lo que llamamos el “mundo objetivo”. Pero al mismo tiempo, el mismo objeto o porción de la experiencia pura puede entrar en contacto con mi sistema sensorial y los acontecimientos de mi biografìa personal, que no son más que otras porciones de la experiencia pura, para constituir de este modo lo que llamamos campo de conciencia, experiencia subjetiva o función consciente. De este modo, la consciencia, lejos de suponer una entidad ontológica diferente y superior a la materia, constituye más bien una función emergente producto de la relación particular que entablan diferentes porciones de materia, cuando al menos una de ellas corresponde al sistema sensorial de un organismo vivo. La consciencia ya no se encuentra por fuera de la experiencia, como observador ajeno, sino que nace desde sus entrañas. Objetividad y subjetividad se entrelazan en una danza que las mezcla; la misma experiencia, que de manera simultánea pertenece a dos o más grupos de asociados, contempla dimensiones objetivas y subjetivas de acuerdo a las porciones de experiencia pura que intervienen.
Estas mismas leyes se aplican a la esfera de los conceptos, es decir, ya no de los objetos reales conocidos por la conciencia, sino de los objetos remotos que alborotan nuestro pensamiento. Este ángulo del problema es de vital importancia para nuestra empresa, en tanto los sueños son manifestaciones que ocurren en ausencia de la cosa vista, incorporando incluso elementos para los cuales no existe un correlato empírico. A este respecto, James se niega a considerar las experiencias conceptuales, aquellas cuya función es la de representar una realidad ausente, como puramente subjetivas. Así como la consciencia de un objeto no ocurre en el interior de un organismo, sino que emerge como función a partir de la relación entre porciones de la experiencia pura, articulación germinada en la dimensión pública, tampoco el objeto recordado, pensado o fantaseado se almacena en un adentro privado, sino que también ocupa un lugar en el mundo exterior, tal como lo ocupa el objeto percibido. Para demostrar este argumento, James (2020) selecciona el siguiente fragmento del psicólogo Münsterberg:

Las cosas en la habitación que miro aquí, y las que están en mi vieja casa, las cosas de este minuto y las de mi infancia que se desvaneció hace mucho, me influencian y hacen que decida por igual, con una realidad que mi experiencia de ellas siente directamente. Ambas constituyen mi mundo real, lo hacen directamente, no tienen que ser introducidas en mí y estar mediadas por ideas que surgen dentro de mí aquí y ahora… Este carácter no-yo de mis recuerdos y expectativas no implica que los objetos externos que advierto en esas experiencias tengan necesariamente que estar ahí también para otros. Los objetos de los soñadores o de las personas alucinadas carecen totalmente de validez general. Pero aunque fueran centauros y montañas doradas, igual estarían “ahí afuera”, en el país de las hadas, y no “adentro de nosotros mismos”. (pp. 25-26)

Este lugar exterior bien podría ser la sede de los sueños totalitarios comentados por Beradt (Beradt, 2019) o de los sueños corales que recogimos durante la última pandemia (Brienza et al., 2024); aquel espacio social en el que el sismógrafo onírico se encuentra asentado, a la espera por capturar los movimientos tectónicos de un contexto vertiginoso y escabullido.
Según nuestra experiencia de trabajo, muchas de las características contextuales que resultan convocantes para los sueños beradtianos pueden verse replicadas en las situaciones de encierro carcelario, funcionando como un nuevo “afuera” en el que la maquinaria onírica puede encarnarse. La dinámica carcelaria desvirtúa y convulsiona los modos cotidianos del hacer y del pensar y los sueños corales logran fotografiar estos movimientos particulares de manera tal que el vivenciar biográfico se articula con la praxis institucional de una forma indivisible.
Una vez explicitada la teoría del conocimiento sugerida por el pragmatismo, puede aplicarse su esquema de análisis al estudio de los sueños. Un único acontecimiento, adherido a un grupo de asociados históricos, podría constituir un hecho objetivo, mientras que el mismo acontecimiento pero ahora adherido a otro grupo de asociados, en donde debe involucrarse tanto el sistema sensorial, como la biografía personal o los recursos estéticos habilitados por la función mental, podría operar como un sueño o función de sueño. Ambas dimensiones, la real y la onírica, se encontrarían unidas por un mismo punto de intersección o confluencia, que es el acontecimiento inicial al cual se han adherido otras porciones de experiencia. De este modo, el sueño como sismógrafo de época podría dar cuenta de aquella simultaneidad entre lo objetivo y lo subjetivo a la que alude James; la experiencia onírica como una creación biográfica y fantástica, pero también develadora del escenario histórico-social.
Siguiendo esta perspectiva de análisis, al sueño debería negársele, al igual que como ocurre con la función consciente, un estatuto ontológico diferente al conjunto de hechos que por sus relaciones lo posibilitan. Este particular posicionamiento epistemológico debería conducirnos a preguntarnos qué hechos o fragmentos de la experiencia pura deben ponerse en relación, y de qué modo, para que la función sueño emerja, y cuáles son las características particulares que deben adquirir aquellos hechos o fragmentos de la experiencia pura, o su forma de articularse, para que no sólo acontezca la función sueño, sino también para que ésta actúe como un sismógrafo de época. Las aproximaciones que de estas preguntas se deriven podrían ayudarnos a cartografiar los diferentes contextos en los que la experiencia beradtiana se ha replicado y continúa ensayándose, en un intento por establecer elementos compartidos que capturen la naturaleza escurridiza de aquellos sueños sismográficos capaces de montar guiones que conducen la acción humana hacía horizontes experienciales significativos.

Lo que los sueños nos hacen hacer
Una vez abordado el estatuto ontológico de los sueños es necesario establecer sus relaciones con la verdad, en tanto una de las hipótesis de nuestro equipo de investigación es la de considerar a los sueños corales como una fuente historiográfica por derecho propio. A este respecto, nuevamente la obra de William James provee algunas reflexiones que valen la pena considerar.
La perspectiva pragmática de nuestro autor entiende la verdad como una correspondencia con la realidad que se atribuye una vez consagrado el correspondiente proceso de verificación. Que la verdad sea una característica atribuible implica que se encuentra en constante movimiento y que no puede ser considerada un atributo esencial de ninguna idea. Para el pragmatismo una idea llega a ser verdadera en función de su proceso de verificación, es decir que la verdad involucra indefectiblemente a la acción, y las consecuencias prácticas de la noción de verificación es lo que determina nuestro deber por alcanzar la verdad.

Empezaré por recordarles el hecho de que la posesión de pensamientos verdaderos significa en todas partes la posesión de unos inestimables instrumentos de acción, y que nuestro deber por alcanzar la verdad, lejos de ser un mandamiento vacuo del cielo o una “pirueta” impuesta a sí mismo por nuestro intelecto, puede explicarse por excelentes razones prácticas. (James, p. 132, 1984)


En esta ligadura entre la verdad y la acción, la verificación debe ser entendida como un proceso que articula entre sí, mediante la acción, diferentes fragmentos y momentos de la experiencia, desde un estado conceptual inicial hacia otro estado conceptual o experiencial terminal al que vale la pena ser conducidos, a través de un conjunto de transiciones “que llegan a nosotros punto por punto de modo progresivo, armonioso y satisfactorio” (James, 1984). La verdad no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar otras satisfacciones vitales, en tanto las ideas que asumimos como verdaderas tienen un gran poder de influencia para conducir o guiar nuestras acciones hacia los puntos terminales de la experiencia que serían aquellos capaces de verificarlas.
En retrospectiva es posible considerar que los sueños en contextos totalitarios recogidos por Beradt conforman una fuente historiográfica válida (Koselleck, 1993), a pesar de ser producciones ficcionales usualmente relegadas al mero plano de la subjetividad, en tanto hubo una correspondencia final entre lo que primariamente nació como una fabulación onírica y lo que ulteriormente fue el devenir histórico-fáctico de la Alemania nazi. Sin embargo, en la mayoría de los casos no es posible rastrear el conjunto de transiciones conceptuales y prácticas que cada sueño conlleva y posibilita, desde el plano de las ideas iniciales por verificar hacia la dimensión de los terminales significativos en los que culminaría el proceso de verificación permitiendo así la atribución de una verdad. En general, éstos últimos son los sueños con los que nos hemos encontrado en nuestra práctica en contextos de encierro, ya que estamos asistiendo al momento mismo en que esos sueños se sueñan, se relatan y son recogidos, es decir, nos encontramos en el término inicial de una experiencia onírica consumada o capaz de ser consumada.
Pese a esta limitación, James reconoce que muchas de las verdades que tienen consecuencias prácticas significativas en nuestras vidas son producto de un proceso de verificación indirecto o meramente virtual. Así como creo que Japón existe a pesar de nunca haber estado en él para poder comprobarlo por mis propios medios, también puedo contemplar mis sueños como si de oráculos o consejeros personales se trataran. Si mi creencia en la veracidad de aquellos sueños conduce mis acciones hacia los terminales significativos que se presentaron como mera posibilidad en un principio, entonces puede hablarse de un sueño verdadero que en el proceso mismo de su devenir funcionó como una verdad virtual que me permitió contactar con las cualidades significativas de una experiencia que, en el momento mismo de su gestación, aún se encontraba en el porvenir. Efectivamente, aquel porvenir finalmente concretado y verificado nada tiene que ver con un destino prefijado y escrito de antemano por alguna entidad divina, ni tampoco alude a una habilidad adivinatoria sobrehumana, más bien refiere a lo reforzante que resulta para la acción presente el adelantar posibles consecuencias significativas por medio de la atribución de una cualidad predictiva al sueño.
Esto último nos lleva al problema de las pesadillas, recurrente en nuestra experiencia de trabajo. Situar al sueño como posibilitador de la acción, o aún mejor, como creador de futuros deseables que sostienen un presente marcado por la decepción y la impotencia ha sido una labor gratificante a la que como equipo nos hemos abocado. Pero la pregunta acerca de qué tienen los sueños para decirnos puede volverse problemática en contextos excepcionales marcados por la constante violencia y vulneración de los derechos básicos, lo que definitivamente termina por expresarse en aquella dimensión subjetiva que todo sueño alberga. En este sentido, cuando la función predictiva de los sueños no es evaluada de manera retrospectiva, debe ser considerada con cautela, nuevamente atendiendo a sus posibles consecuencias prácticas, tal como el método pragmático exclama. En algunos casos, los objetos hacia los cuales nos acerca la intuición en la función predictiva o mensajera del sueño son realmente valiosos y tomar aquella resonancia como una verdad virtual o potencial podría significar una forma de supervivencia. En otros casos, aquella intuición, aunque posible de ser verificada en algún futuro remoto, no posee consecuencias prácticas significativas y conviene que permanezca latente.
En conclusión, desde la perspectiva de William James podría afirmarse que un sueño es una verdad histórica siempre y cuando un análisis retrospectivo nos permita dar cuenta de la correspondencia entre el contenido onírico y la realidad objetiva a la que finalmente reconduce el primero, lo que permitiría contar la historia desde la voz de los relatos oníricos que la acompañaron. Sin embargo, cuando el análisis de los sueños es en el tiempo mismo en el que transcurren, es decir, cuando el archivo onírico se encuentra en pleno proceso de construcción, la atribución de verdad debe ser un procedimiento cauteloso y con plena consideración de sus posibles consecuencias prácticas. En estos casos podría resultar significativo adoptar una actitud contemplativa que permita alojar aquello que los sueños tienen para decirnos, puesto que como Charlotte Beradt enuncia, los sueños como sismógrafos de época advierten lo que está ocurriendo cuando determinados contextos excepcionales castigan todo intento de toma de conciencia durante la vigilia. Esta sensibilidad particular de la maquinaria onírica, que a mi consideración se vuelve más clara a partir de una lectura “jamesiana” de su ontología, no debe ser ignorada, pero la atribución de verdad debe ser siempre evaluada atendiendo a las consecuencias personales y colectivas que puede conllevar para los soñantes particulares y sus comunidades. A este respecto, un claro indicador de alarma lo constituye la manifestación coral de los sueños, que es lo que permite transformar un conjunto de sueños individuales en un archivo onírico-político en el que la dimensión histórico-social-institucional de lo soñado puede revelarse más crudamente. Ante estos escenarios la atribución de verdad significaría una intervención temprana capaz de reorientar la atención hacia aquello devastador que podría estar gestándose en el espacio común, contribuyendo así al despertar de una vigilia adormecida.

Bibliografía
Beradt, C. (2019). El Tercer Reich de los sueños. Traducción y prólogo de Leandro Levi y Soledad Nívoli. LOM Ediciones: Chile.
Brienza et al. (2024). La pandemia de los sueños: un archivo onírico del covid-19. Ediciones Centro de Estudios Periferia Epistemológica: Argentina.
James, W. (1984). Pragmatismo. Un nuevo nombre para algunos antiguos modos de pensar. Ediciones Orbis: Argentina.
James, W. (2020). Ensayos de empirismo radical. Editorial Cactus: Argentina.
Koselleck, R. (1993). Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos. Ediciones Paidós: España.
Imágen: "Tránsito en espiral" de Remedios Varó

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